Diario de un Día

Cuando llegué a casa, salieron el perro y los gatos a recibirme. Había reclamos en sus miradas por haberlos dejado encerrados, pero pronto nos reconciliamos cuando los acaricié

Diario de un Día

Actualmente me encuentro haciendo un curso sobre cuentos y la maestra nos pidió “escribir sobre la experiencia”, una tarea para los miércoles que siempre va precedida por la lectura de los gratos textos que ella nos asigna. Con la intención de adelantarme, decidí someterme a la prueba.

La cita en la iglesia, como todo sábado, comenzó a las cinco de la mañana con los misterios del rosario frente a Jesús Sacramentado. Allí las oraciones se ofrecieron por todos: por el país, por el invierno, por el verano, por el trabajo, por el descanso y por la salvación. Una vez empatada la oración con la eucaristía, me dispuse a cumplir mi papel de jurado con dos compañeras, en el marco de las Fiestas del Campesino Dominicano. Unos cuatro mil asistentes se dieron cita por cuenta del gobierno municipal; atendidos como se lo merecen, desfilaron con sus atuendos domingueros y con rostros dignos de su rol en la sociedad, sabiéndose indispensables. Con desayuno, almuerzo, helado, regalos y música, vivieron el día con intensidad. Muchos, por su cuenta, no desampararon la cerveza.

Como el último sábado del mes hay misa en el cementerio, me correspondía proclamar. Al llegar, saludé a mis abuelos paternos, José Bohórquez y Bertina Valencia, quienes están ubicados desde hace varias décadas en la tumba número 78, a mano izquierda de la entrada. Hice el recorrido con el empeño de saludar también a mi prima Gloria, aquella lideresa campesina que murió muy joven hace un año. En su lugar encontré a su hijo Carlos; estaba sentado acariciando su fotografía y llorando al compás de una música triste. Lo abracé y le dije que mi prima estaba en un lugar bueno porque ella había sido buena; él asintió con la cabeza y yo proseguí mi camino por aquel trayecto circular y extenso.

Con ganas de saludar a mis abuelos maternos, Clemente Arias y Natividad Garcés, me puse al frente de sus nombres en el osario. En ese momento llegó una amiga a saludar a su esposo, a su cuñado y a su suegro, asesinados en la época de la violencia. El cementerio estaba tan lleno de tumbas como de gente, y pensé en la multitud que se encontraba en el parque.

De regreso, todos estaban disfrutando el helado con sus regalos en la mano; hubo cobijas para todos. Allí me encontré con la esposa de un tío, una mujer campesina, trabajadora y hermosa que vive en su finca llena de sembrados y jardines, rodeada de aves de colores y vecinos queridos; ella me entregó las cidras que le había pedido para mi colesterol.

Cuando llegué a casa, salieron el perro y los gatos a recibirme. Había reclamos en sus miradas por haberlos dejado encerrados, pero pronto nos reconciliamos cuando los acaricié. Nos quedamos un buen rato sentados en la acera, divisando el atardecer y escuchando el sonido de los grillos. Entonces llegó un muchacho a darle vuelta a su yegua en el potrero vecino; le silbó con fuerza y ella le respondió en su propio lenguaje, indicando que todo estaba bien, y yo me estremecí. Junto a Yon, el perro, los gatos y un café, cerré una parte de mi día.

Gloria Bohorquez
Artículo escrito por:
• Sección: Entretenimiento

Galería de Imágenes