De la Montaña a la Memoria: 100 Años de Colonización Campesina, Vida Rural y Transformación de un Territorio

Las Confusas no nació de un día para otro. Nació de muchas manos, de muchas familias y de muchas jornadas de trabajo. Nació de quienes llegaron a la montaña, abrieron un camino y decidieron quedarse. Y esa memoria, más que un recuerdo del pasado, es el patrimonio vivo de quienes hoy siguen habitando este territorio.

De la Montaña a la Memoria: 100 Años de Colonización Campesina, Vida Rural y Transformación de un Territorio

Las Confusas: cien años de memoria campesina, montaña y colonización. Hay territorios cuya historia no está escrita en grandes libros ni en documentos oficiales, sino en la memoria de sus habitantes, en las palabras de los mayores y en los relatos que han pasado de una generación a otra. La historia de la vereda Las Confusas es una de ellas: una historia construida con esfuerzo, machete, azadón, animales, caminos de montaña y familias que, poco a poco, fueron convirtiendo un territorio agreste en un lugar para vivir.

Hace aproximadamente un siglo comenzaron las labores de colonización de estas montañas. Eran tiempos muy diferentes a los actuales. No existían las carreteras, los medios de transporte, los servicios públicos ni las posibilidades de comunicación que hoy hacen parte de la vida cotidiana. La escuela, el puesto de salud, los mercados y las comodidades de la vida moderna estaban lejos de aquellos primeros pobladores. La montaña era, al mismo tiempo, hogar, sustento y desafío.

Aquella vida campesina transcurría en estrecho contacto con la naturaleza. La tierra proporcionaba lo necesario para sobrevivir y los animales constituían una parte fundamental de la economía familiar. Ganado, bestias, aves y otros animales acompañaban la cotidianidad de los primeros habitantes. No había una sociedad marcada por el consumo como ocurre hoy; se vivía con lo indispensable, se trabajaba la tierra y se aprovechaban los recursos disponibles. El tiempo estaba determinado más por el amanecer, las lluvias, las cosechas y las labores del campo que por el reloj.

Los relatos conservados de la década de los años cincuenta permiten acercarse a algunos de aquellos primeros pobladores. Entre los nombres que permanecen en la memoria se encuentra el de José Ángel Duque y su esposa Rosa Emma Gómez, quien, según cuentan los relatos familiares y comunitarios, llegó a estas tierras acompañado de algunos peones y, con el machete como una de sus principales herramientas, emprendió las primeras mejoras sobre los terrenos. Aquellos trabajos significaban abrir camino en medio de la montaña, despejar espacios y hacer posible que la tierra pudiera ser habitada y aprovechada.

Posteriormente, esas primeras mejoras fueron vendidas al señor Nazario Gómez, quien amplió el terreno y consolidó una finca dedicada a la crianza y manejo de ganado, bestias y aves. La finca se convirtió así en uno de los referentes de aquella época y en parte de la historia de la ocupación y transformación de este territorio.

Con el paso del tiempo, la propiedad fue adquirida por Román Gómez, hijo de don Nazario. Junto con su esposa y su numerosa familia, Román contribuyó a convertir aquel paraje en un lugar cada vez más habitable y con mejores condiciones para recibir a otras familias. La historia de la vereda comenzó entonces a tomar forma no solamente alrededor de una finca, sino alrededor de una comunidad que poco a poco se fue haciendo más numerosa.

Entre los nombres que también permanecen en la memoria aparece Crisanto Cardona Guzmán, recordado particularmente por su relación con las pieles de jaguares, animales que entonces formaban parte de la fauna de estas montañas. Su historia permite imaginar un territorio en el que la presencia de la naturaleza era mucho más cercana y en el que la relación entre el hombre y la montaña estaba marcada por la supervivencia, el conocimiento del entorno y el aprovechamiento de sus recursos.

También se recuerda a Alejandro Martínez, reconocido como padre y origen de una numerosa familia Martínez que con el paso de los años haría parte de la historia y del crecimiento de la comunidad.

En aquellos tiempos, la tierra se poseía de una manera muy distinta a como se entiende hoy la propiedad. Según los relatos de los habitantes, no era común contar con títulos formales que acreditaran la propiedad de los terrenos. Se llegaba a un lugar, se ocupaba, se trabajaba y se realizaban mejoras. La propiedad se construía a través del esfuerzo cotidiano: desmontar o rosar, sembrar, levantar una vivienda, criar animales y hacer productiva la tierra.

La montaña exigía trabajo constante. Cada mejora representaba horas de esfuerzo y, muchas veces, el trabajo de toda una familia. Los primeros colonos tuvieron que abrir caminos, construir viviendas, buscar fuentes de agua, cultivar alimentos y crear las condiciones mínimas para permanecer en un territorio donde las oportunidades de educación, salud y alimentación eran escasas. La escuela no estaba al alcance de todos y la atención médica podía significar largas distancias y grandes dificultades. La socialización también era diferente: las familias se encontraban en espacios comunitarios, en los caminos, en las fincas o durante las labores del campo.

Pero aquellas dificultades también fortalecieron los vínculos entre los habitantes. En medio de la escasez, la colaboración era una forma de sobrevivir. El vecino podía convertirse en compañero de trabajo, apoyo en una dificultad o ayuda para enfrentar las circunstancias propias de la vida rural. La comunidad se fue construyendo lentamente, alrededor de familias que compartían un territorio y una manera de entender la vida.

Los relatos sobre aquellos años también hablan de una época percibida por sus habitantes como tranquila. Se recuerda que eran tiempos de paz, en los que los actores de la violencia no hacían presencia visible en el territorio. La vida podía desarrollarse alrededor del trabajo, la familia y la naturaleza, lejos de muchas de las tensiones que posteriormente transformarían la vida de diferentes regiones del país.

En ese paisaje, dos grandes ríos acompañaban silenciosamente la historia de la vereda. El río Claro y el río Cocorná fueron mucho más que fuentes de agua: fueron caminos naturales, referentes geográficos y parte esencial del paisaje que rodeaba a las familias. Para quienes llegaron primero, estos ríos parecían convertirse en guardianes naturales de la montaña y de las familias que empezaban a echar raíces en ella, en ellos se practicaba la pesca como complemento alimentario.

Mirar hoy a Las Confusas es, entonces, mirar un territorio que ha cambiado profundamente. Donde antes había montaña cerrada, hoy existen viviendas, caminos, fincas y una comunidad que ha crecido con el paso de las generaciones. Han cambiado las formas de producir, de comunicarse, de transportarse y de relacionarse con el mundo. Han llegado nuevas necesidades, nuevas oportunidades y también nuevas dificultades.

Sin embargo, detrás de cada camino, cada finca y cada familia permanece la huella de quienes estuvieron primero. Los nombres de José Ángel Duque, Rosa Emma Gómez, Nazario Gómez, Román Gómez, Crisanto Cardona Guzmán y Alejandro Martínez forman parte de una memoria que merece ser conservada. No solamente porque fueron algunos de los primeros habitantes conocidos, sino porque representan a toda una generación de hombres y mujeres que enfrentaron la montaña y, con trabajo y perseverancia, hicieron posible la existencia de la comunidad que hoy conocemos; más adelante Enrique Rivas, José María Galeano, Heriberto Galeano, Enrique Arias, Carlos Arias, entre otros.

Celebrar cien años de historia no significa solamente recordar fechas. Significa reconocer el valor de una forma de vida que estuvo marcada por el trabajo de la tierra, la sencillez, la solidaridad y una relación profunda con la naturaleza. Significa escuchar a los mayores antes de que sus recuerdos desaparezcan y comprender que cada relato familiar puede contener una parte de la historia colectiva.

Las Confusas tiene todavía mucho por contar. Cada familia guarda nombres, anécdotas, lugares, caminos y acontecimientos que pueden ayudar a reconstruir ese pasado. Quizás la verdadera riqueza de esta historia no esté únicamente en saber quiénes fueron los primeros colonos, sino en comprender cómo, generación tras generación, aquellas familias fueron haciendo territorio, comunidad y memoria; así lo narran Gildardo Duque, Santiago Rivas, Carlos Gómez y muchos más.

Hoy, cuando la vida moderna parece avanzar cada vez más rápido, recordar aquellos primeros tiempos permite detenerse por un momento y mirar hacia atrás. Allí, entre la montaña, los animales, los ríos y el trabajo campesino, se encuentra el origen de una comunidad que comenzó con unas pocas familias y que, después de aproximadamente cien años, continúa escribiendo su historia.

Las Confusas no nació de un día para otro. Nació de muchas manos, de muchas familias y de muchas jornadas de trabajo. Nació de quienes llegaron a la montaña, abrieron un camino y decidieron quedarse. Y esa memoria, más que un recuerdo del pasado, es el patrimonio vivo de quienes hoy siguen habitando este territorio.

Jose Julio Gómez Ciro
Artículo escrito por:
Psicologo
• Sección: Rural

Galería de Imágenes