El árbol que fuimos, el bosque que somos

Al presenciar el desfile inaugural y ver los concursos de arriería y las destrezas de los aserradores con el viejo serrucho artesanal, fue imposible no sentir un profundo respeto por la forma en que nos seguimos conectando con nuestra historia de 150 años

El árbol que fuimos, el bosque que somos

San Luis acaba de vivir una versión más de sus tradicionales Fiestas de la Madera. Una vez más, la plaza se llenó de encuentros, música y tradiciones. Al presenciar el desfile inaugural y ver los concursos de arriería y las destrezas de los aserradores con el viejo serrucho artesanal, fue imposible no sentir un profundo respeto por la forma en que nos seguimos conectando con nuestra historia de 150 años.


Nuestros ancestros llegaron a estas montañas en la segunda mitad del siglo XIX en calidad de colonos. Para ellos, este territorio fue un refugio frente a la exclusión en sus tierras de origen; un lugar indómito donde abrir la selva no fue un acto de crueldad ambiental, sino el precio de la supervivencia familiar.  La madera y el hacha en ese contexto, y que fue hasta hace pocos años un símbolo en nuestro parque principal, representó la promesa de un futuro próspero.

Décadas después, a nuestros viejos de los años setenta y ochenta les tocó recibir, sobre ese legado heredado, el impacto de la tecnología industrial: la llegada de la motosierra y la construcción de la autopista Medellín-Bogotá. Fue en ese contexto de abundancia y transformación extractiva donde ellos fundaron y vieron nacer estas festividades, celebrando el motor económico y el esfuerzo que entonces transformaba al municipio.

Sin embargo, quienes observamos con atención los mensajes de las juntas campesinas y las organizaciones locales en los desfiles de este año, pudimos notar algo profundamente revelador. En el corazón y en la mentalidad de los sanluisanos ya empezó una hermosa transformación de la identidad: el nombre histórico de la fiesta evoca la madera, pero los carteles y los discursos hablaron con fuerza de la biodiversidad, el agua, la fauna, las aves y el potencial ecológico de nuestros recursos naturales.

La sabiduría popular nos regaló verdaderas lecciones de arraigo en esta celebración. Mensajes como el de la vereda Alta Vista, que nos recordó que "nuestro pueblo es pujante con campesinos trabajadores y humildes que hacen de la madera tradición, esfuerzo y vida", o el de Coosanluis, afirmando que "honramos nuestras raíces campesinas y el legado maderero que nos identifica", demuestran que para San Luis la madera ya no es el árbol que se tumba por negocio, sino el símbolo del sudor de los abuelos y la unión comunitaria.


Hoy, las nuevas generaciones entienden que el verdadero valor de nuestro territorio no se mide en rastras de madera talada, sino en la vida que late en el bosque en pie: en el agua de nuestros ríos, en la fauna que nos habita y en ese paisaje de montaña que hoy sostiene el descanso y el turismo ambiental.  El "tesoro escondido" ya no está debajo del bosque; el tesoro es el bosque mismo.

Celebrar no es quedarnos en el pasado; celebrar es mirarnos al espejo para reconocer quiénes somos y hacia dónde vamos. Si nuestros abuelos usaron el serrucho para construir el San Luis de hoy, ¿qué herramientas y qué acciones debemos usar nosotros hoy para asegurar el San Luis de los próximos 150 años?

Pasaron las fiestas y vuelve la cotidianidad. Nos queda el orgullo del legado maderero que nos construyó el pasado, pero también la inmensa responsabilidad de proteger el bosque vivo que garantizará nuestro futuro.  Como bien me lo dijo un gran amigo de la universidad, "En San Luis hay más bosques que madera".

Evelio Giraldo
Artículo escrito por:
Ingeniero Forestal
Sección: Social

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