Dulces Compañías
el presente artículo quiere suscitar una breve reflexión en torno a los pensamientos que sueltan abruptamente algunos personajes, mediante gritos y voces que aturden el entorno, amenazan la armonía y degradan la convivencia
Tal vez hemos cuchado hablar de la paz, y más aún, de la paz completa, cuya finalidad está en promover la vida digna, justa, sin miedo, aquella que se refleja en la vida de las personas y en sus relaciones cotidianas; ojo, en sus relaciones cotidianas.
¿Pero a qué viene todo esto?
Si se dice que la paz ha de ser una condición o experiencia que permite vivir mejor y ser mejores, porque involucra diversos escenarios o contextos como la pobreza, la exclusión, la desigualdad, las calles, las casas, los campos, las escuelas, las instituciones y las familias, hoy el presente artículo quiere suscitar una breve reflexión en torno a los pensamientos que sueltan abruptamente algunos personajes, mediante gritos y voces que aturden el entorno, amenazan la armonía y degradan la convivencia, por cuenta, según ellos, de algunos animales.
Pasaba yo por una calle de mi pueblo y escuché a un señor que enfurecido le reclamaba a un funcionario público sobre “tanta perramenta en todas partes”, y proponía tirarlos de manjar a los leones “que acaben con ellos”. Observé al individuo y no pude más que sentir compasión, pues su cara creo que pocas veces sonríe y que sus gesticulaciones sueltan hiel.
Seguidamente se viene el recuerdo a mi memoria sobre aquella señora, malencarada y muy refunfuñona, cuando enorgullecida y a voz alta decía que al gato que le sapoteaba la comida en su cocina. “ya le había dado el remedio”, le dio veneno. A otro señor, cotidianamente se le vecon frecuencia renegar y echar madres contra los gatos, mientras algunas señoras del común, transmiten a sus hijos y éstos a sus hijos, supersticiones arraigadas en la historia, sobre los gatos negros (por algo será que, en los centros de adopción de animales, los gatos negros permanecen y hasta mueren allí, porque “son inadoptables, por dicho color”).
¿Pero qué tiene qué ver la paz con los gatos y los perros?
¡Todo! Tiene qué ver todo. ¿No dicen pues que nos parecemos a lo que comemos y a lo que hablamos?
La paz cotidiana, se cultiva en lo pequeño, en lo que hacemos cada día, cuando elegimos el diálogo en lugar del grito; cuando ayudamos a una víctima a encontrar apoyo, cuando actuamos con solidaridad en vez de indiferencia, cuando prevenimos nuevas formas de violencia, cuando tratamos bien nuestras mascotas y al mismo tiempo a los animales abandonados, aquellos que necesitan una mirada, un alimento, un abrazo, una presencia.
No dejo de sorprenderme con Yon, ¿lo recuerdan? “Ese flaco, feo y ojeroso perro” que un día invadió mi vida y llegó a mi familia, con aspecto sumiso y encorvado, pero imponiendo necesidades, aquellas que son básicas para un ser humano también, como: cuidado, amor, alimento, techo, vacunas, normas; esto último nos ha costado, porque no deja de ganarse “madrazos” de una que otra persona por su imprudencia con las motos, pero ya le estamos trabajando a ello para evitar accidentes de personas y del mismo Yon.
Con respecto a los gatos, es el mismo cuento. Dicen que donde hay un gato, “hay felicidad”, y también más trabajo, pero nada importa, los gatos con su imponencia e impecabilidad —porque limpios sí son—, reducen la soledad, ofrecen consuelo en momentos difíciles, son cariñosos, liberan endorfinas y, en consecuencia, reducen el estrés y generan bienestar; con sus juegos y curiosidades provocan risas y alegría. Son, como los perros, de muchas maneras, terapéuticos. Recuerdo a mi amiga Paola, quien hace un voluntariado en una fundación de Medellín, con niños que padecen cáncer, y tienen su perro en el equipo de intervención y acompañamiento, aportando grandemente en su rehabilitación y sentido de vida.
Con esto queda decir que algunos humanos evidentemente necesitan tanto amor como los gatos y los perros abandonados, pequeños intrusos que eligen a quienes les provoca, para hacerlos felices.
