El arriero filósofo y la búsqueda del desarrollo personal

La modernidad nos empuja a buscar el éxito inmediato, la solución rápida, pero olvidamos que el verdadero desarrollo personal es un proceso de construcción diaria.

El arriero filósofo y la búsqueda del desarrollo personal

En un mundo acelerado, donde la inmediatez domina nuestras vidas, a menudo olvidamos detenernos y reflexionar sobre el verdadero sentido de nuestro camino. Sin embargo, la filosofía no solo habita en los libros académicos, sino también en la cotidianidad de quienes recorren los senderos de la vida con sabiduría. Un arriero, con su andar pausado y su conexión con la naturaleza, nos ofrece lecciones valiosas sobre la paciencia, la constancia y el aprendizaje a través de la experiencia. Desde su humildad y observación, nos invita a pensar en nuestra propia evolución personal, en cómo afrontamos los desafíos y construimos nuestro conocimiento.

En 1984 murió el arriero de los caminos de mi vereda, le llamaban Manuel Gómez, quien con su vida sembró en los corazones de los hombres, la enseñanza de que se podía practicar la compasión y ser felices. Su filosofía se basaba en enseñar a sembrar, construir casas de paja, hacer de partera cuando era necesario, curar mordeduras de culebra, estancar la sangre de un herido, sanar la descompostura de un tobillo y participar en convites para mejorar caminos o la escuela de los niños; sobre todo era un arriero en los caminos. A través de sus acciones, demostró que la verdadera sabiduría reside en el servicio y la solidaridad con los demás.

Esta idea de aprendizaje a partir de la experiencia cotidiana se enlaza con la ética aristotélica, que nos habla de la virtud como un hábito que se desarrolla con la práctica. Aristóteles sostenía que no nacemos siendo virtuosos, sino que nos convertimos en buenas personas a través de nuestros actos repetidos. En ese sentido, el arriero es un ejemplo de la ética de la constancia: cada jornada, sin importar el clima o las dificultades del camino, sigue adelante con determinación.

Estamos condenados, queramos o no, a vivir con los demás. Desde la filosofía, este es un camino hermoso por recorrer. Aristóteles afirmaba que “las personas que no tienen amigos es imposible que sean felices”, subrayando la importancia de las relaciones humanas. Poder confiar en el otro es fundamental, ya que el otro es el vecino, el compañero, aquel que no soy yo pero con quien comparto la existencia.

Pero, ¿cómo aplicar estos principios a nuestra propia vida? La modernidad nos empuja a buscar el éxito inmediato, la solución rápida, pero olvidamos que el verdadero desarrollo personal es un proceso de construcción diaria. Al igual que el arriero, debemos aprender a caminar nuestro propio sendero con paciencia y reflexión, enfrentando los desafíos con una actitud filosófica y un compromiso con la mejora constante.

En definitiva, la sabiduría del arriero y la ética de Aristóteles nos enseñan que el crecimiento personal no es un destino, sino un camino que se recorre con esfuerzo y reflexión. Invitemos a redescubrir en nuestra vida cotidiana esos espacios de aprendizaje, donde cada obstáculo es una oportunidad para crecer y cada jornada un nuevo paso hacia nuestra mejor versión.

Jose Julio Gómez Ciro
Artículo escrito por:
Psicologo
Sección: Generalidades

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