Secreto
Jamás imaginé que me pudiera fijar en él, menos a mi edad. El dicho aquel que “sobre esta agua no beberé”, es mejor ni dejarlo asomar por la ventana del pensamiento.
Hoy no me encuentro en casa, me ausenté para pensar y escribir; y quiero que el lector de este momento se ponga cómodo, me lea y se tome un café, no sea que se me desmaye por las emociones que le suscite mi secreto. ¿Infidelidad o triangulación? Pienso en el libro de mi admiradora psicóloga y escritora Gloria Sierra Uribe, “Si nos amamos, amémonos bien” y por fortuna, no me impide sentirme cómoda; tampoco sé qué es lo que siento, pero no me puedo quedar sin contar lo que estoy viviendo. Jamás imaginé que me pudiera fijar en él, menos a mi edad. El dicho aquel que “sobre esta agua no beberé”, es mejor ni dejarlo asomar por la ventana del pensamiento. Yo siempre decía que a mí sólo me coqueteaban las alarmas de los carros cuando se encienden desprovistamente al pasar, pero hoy me siento seducida y qué puedo hacer.
¿Te has dado cuenta lo que pasa cuando las emociones se trasladan a tu cuerpo? ¿Sabías que las hormonas del placer se disparan cuando hay estímulos positivos y te despiertan un sinnúmero de sensaciones que te hacen vivir y sentir que estás en otro plano? Pues bien, la teoría de la psicología habla sobre la importancia de expresar y nombrar las emociones, pues esto contribuye con las relaciones saludables, fomenta la empatía, alivia la tensión y favorece la salud mental.
Y ahora me preguntarás si es que no tengo conciencia, pero la tengo más despierta que nunca. La conciencia es la voz del alma, es el mejor juez, también lo he escuchado, y quizá por eso me atrevo a contar la aventura del día aquel de madrugada, cuando topándome con él, me dejé conquistar (pues bastante “fácil y dócil” me hallo); me sigue, me busca y hasta me hace pasar vergüenzas, pero el estado en que me encuentro, no impide que siga dando rienda suelta a lo que siento.
Una de tantas amigas que tengo, quizá la más liberada o tal vez la más aterrizada, me aconsejó que también ella lo había vivido y que bien pudiera estar con los dos, le respondí que estaba de acuerdo porque nada me impedía hacerlo. Sobre esto último, pienso lo que está provocando en quien me está leyendo y garantizo que mínimamente está desconcertado, por no decir que me está juzgando o en su defecto, condenando, pero no importa, me volví rebelde hasta para eso. Si te digo que una persona puede tener entre 50 y 70 mil pensamientos al día, o sea, un promedio de 35 a 48 pensamientos por minuto, ya podré imaginar que la suma de los lectores del periódico El Arriero me podrían consumir y hasta desaparecer, pero me quedo también con el negro, si, con Yon el perro del capítulo anterior.