ABRIENDO TROCHA

Ayer cuando caminaba por las calles del pueblo, vi una mula y me quedé mirándola fijo a los ojos. Hubiese dado cualquier cosa por saber que estaba pensando ese

ABRIENDO TROCHA

“Juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos, la llevo perdida… y la juego y la cambio por el más infantil espejismo, la dono en usufructo o la regalo...”

León de Greiff

Ayer cuando caminaba por las calles del pueblo, vi una mula y me quedé mirándola fijo a los ojos. Hubiese dado cualquier cosa por saber que estaba pensando ese orejón animal que ha heredado de sus padres la paciencia, la resistencia, el paso seguro y la fuerza, pero como no tengo poderes telepáticos, aborté la empresa y me distraje con la carga que llevaba. Ese cuadrúpedo amigo que con valentía sostenía el peso de dos sacos de café, me recordó a mi abuelo, y no es que el señor tuviera cara de caballo ni mucho menos, o que fuera terco como reza el refrán, sino que aquel trabajador animal fue y seguirá siendo, hasta que importe la Historia, el símbolo de la arriería en Antioquia y, don Julio fue uno de esos señores que con su machete de dieciséis pulgadas al cinto, su carriel provisto de aguardiente terciado siempre en los hombros, su delantal de lona, y su inseparable zurriago, trazó con huellas digitales los caminos de Antioquia y contribuyó al desarrollo de muchos pueblos de la región.

Recordar que tengo sangre de arriero me hizo sentir (por qué negarlo) orgulloso, ya que para bien o para mal, a partir de estos personajes se configuró la identidad de las gentes de un departamento que se baña de grandes montañas azules, tierras fructíferas y abundantes ríos; el paisa tiene fama de ser hombre de carácter fuerte, de grandes habilidades lingüísticas, muy católico y blanco él, amante del trabajo, del aguardiente, del dinero, se dice incluso que pareciese que fuéramos una falange judaica a raíz de la gran visión que se tuvo y se sigue teniendo en el área del comercio, y aunque no quiero ensalzar características que serían fenómenos de complejo análisis, ¿a quién le debemos todo esto? A los arrieros, señores. Agucen bien los sentidos para que entiendan que Antioquia, aunque tuvo en la extracción de oro, sus primeras bases de la economía, no tuvo un significativo crecimiento hasta que los arrieros no impulsaron el comercio. Las minas de oro pertenecían a unas cuantas familias, o a unos cuantos señores que heredaron los privilegios de las sanguijuelas de la Colonia, y sus trabajadores (el pueblo), negros y mulatos en su mayoría, enceguecidos por la luz que irradiaba el preciado metal, malgastaban el fruto de su labor en fiestas y juego. Por otro lado, los arrieros, personas que empezaron a movilizar mercancías, tanto con mineros y otros pobladores a través de los caminos que iban construyendo, promovieron el surgimiento de una nueva clase social que causó grandes transformaciones a raíz de los grandes capitales de dinero que fueron forjando.

Es increíble como una imagen puede generar en la mente humana una evocación al pasado, pero qué seríamos nosotros sin éste, por eso creo que recordé con agrado, ya cuando descansaba en mi casa del reparador paseo, aquellas letras que había leído de Arturo escobar Uribe en las que decía que el comercio, la industria, la instrucción y en pocas palabras, la prosperidad, dependía de una cosa: los caminos y, ustedes ya se han hecho una idea de quien los construyó.

Contaba mi padre que el abuelo tenía a su haber sesenta mulas, con las cuales no sólo transitaba los caminos de la empinada geografía Antioqueña, sino que con regularidad pisaba suelos de otros departamentos donde llevaban variadas mercancías y productos de la región; maquinarias (entre ellas el importantísimo trapiche), telas, tabaco, maíz, frisol (no sé por qué decimos frijol), recorrían a lomo de mula terrenos fangosos, laderas pronunciadas y peligrosos puentes de madera. Más de veinte años don Julio desempeñó una profesión que era para gente de bravura que gustaba del riesgo, las aventuras y el dinero, pues hay que decirlo, el trabajo era lucrativo. No de la nada, por ejemplo, sacó la fortuna Pepe Sierra, campesino descalzo (claro que Sanín Echeverri comenta que fue sólo a inicios del siglo xx cuando los zapatos empezaron a emplearse en determinados sectores de la sociedad,) que prestaba fondos al Estado, adquiría predios que no alcanzaba a recorrer debido a su gran extensión, y no guardaba plata en bancos a no ser que fueran suyos. Por su parte, mi lejano pariente no tenía nada que envidiarle a su homónimo de Girardota, ya que venía de una familia un tanto acomodada y con su arte consolidó fortuna; don Julio, como le decían con temor, tenía más de dieciocho fincas de considerables dimensiones, una recua de mulas fuertes para la carga y, un gran perro negro llamado Libán que, como cerbero a orillas del Aqueronte, cuidaba su casa principal de vivos y muertos.

Fueron innumerables los viajes que realizó don Julio, fueron incalculables las mujeres que conquistó o compró en sus andanzas, fue vasto el conocimiento cultural y geográfico que adquirió en sus recorridos, fue notorio el gusto por el juego que se apoderó de él como buen andariego y fue descomunal la fortuna que derrochó en su vida.

En un recorrido que hizo al nordeste de Antioquia, decía mi padre, el abuelo que era un señor altamente supersticioso, se hizo a un amuleto que no dejaría de portar hasta el día de su muerte. Los pueblos mineros de la región a raíz de la transculturización que trajo consigo el comercio de esclavos del continente africano, crearon un sincretismo religioso bastante marcado; las creencias católicas se mezclaban con ritos y cultos a otras divinidades que, para el lente de un buen Cristiano no eran más que prácticas realizadas en apología a Satán. Dentro de las muchas costumbres que realizaban, era bien llamativo observar cómo le concedían gran importancia a un monicongo de apenas diez centímetros de altura que era fabricado por algún viejo sabio. Se rumora que aquella figura simiesca de ojos rojos, protegía a toda persona que lo portara, le daría suerte y fortuna. Seguramente el anciano que se lo entregó a mi abuelo, le pronosticó, al igual que lo hizo Guadalupe a doña Bárbara Caballero (aquel personaje célebre de Carrasquilla), prosperidad sin límites.

Y vaya que don Julio tuvo grandes épocas de esplendor. Se cuenta que cuando regresaba de sus andanzas, se sentaba por más de quince días en una cantina del pueblo (ese mismo que una bienhechora empresa destruyó) en compañía de su “amiguito”, a tomar aguardiente y a dejar, a través del juego, vacíos los bolsillos de todo aquel que se atreviera a apostar. El que triunfa, se dice, es el que se siente seguro de sus propias facultades, pero parece que si además de ego se tiene ayuda (¿divina o maligna acaso?), no hay fuerza humana que se interponga. Por eso me hubiera encantado presenciar cómo mi abuelo, en sus buenos tiempos, al mejor estilo de Peralta, le ganaba en el juego hasta al mismísimo Diablo, cómo era respetado por su porte, voz y una mirada ejecutoria que se rumora, no pedía, sino que exigía.

Este antepasado mío practicaba cuanto juego existía y, si los que había no llenaban sus expectativas, se inventaba uno; cartas, naipes, dados, dominós, fueron testigo de las miradas de pánico que, al perder, mostraban sus amigos de mesa, pero lo que me parecía más curioso cuando escuchaba las palabras de mi padre, era cómo expresaba que don Julio a partir de unos simples granos de maíz, se inventó un ágil y rápido juego que causó impacto por lo innovador. La dinámica del ejercicio era sencilla; se pintaba de negro el corazón de uno de los seis granos que iban a ser utilizados, se depositaban en una pequeña bolsa y, como en la ruleta rusa, se esperaba quien era el afortunado ganador del proyectil.

Sin embargo, como todo lo de rosa no es dulces perfumes, la temporada de espinas llegó pronto. Todavía no entiendo por qué su mala racha empezó cuando ya por cansancio hizo a un lado su profesión (¿o sería que su amuleto tendría fecha de vencimiento? Vaya uno a saber). Lo cierto es que el abuelo, según mi sangre, tenía algo más de medio siglo de vida y le llovió en la nuca la ducha rígida. Los primeros bienes que se le esfumaron entre tragos de anisado aguardiente y nubes de humo de tabaco, tuvieron que ver con el gran capital que le ofreció Juancho Pérez por la compra de sus valerosas mulas. Todo ese dineral, a lo sumo, le duró cerca de tres años y, cuando se vio sin un centavo, empezó a meterse con sus magníficas fincas, tierras fértiles donde crecían con avidez los cultivos de caña, plátano maíz y yuca.

Terranova y Los Molinos, fueron las primeras fincas que tuvo que entregar a rapaces tahúres, y de ahí en adelante la lista fue amplia. Hasta mi abuela, una joven y estoica esposa que desde hacía mucho tiempo había dejado de prestarle atención a sus movimientos, se rumora, empezó a preocuparse, ya que, si estaba habituada a que sus nueve hijos no estuvieran cerca de su padre, no aceptaba por ninguna razón que los dejara en la ruina.

Habían pasado ya diez años desde que don Julio Parra no transitaba con su mulada, la empinada geografía Antioqueña, y su fortuna ya no era un cuarto de lo que fue. El aguardiente y principalmente el juego, al igual que un reloj de arena, vaciaron progresivamente aquellos contenidos que en un principio hacían parte de una unidad. Esta difícil situación, supongo, tuvo que afectar e incitar la mente de mi maquiavélico abuelo, quien, en su afán de riquezas para satisfacer deliciosas y peligrosas adicciones, ejecutó maniobras que, para usted amigo lector, puede sonar a historia de suspenso de Poe. Cuentan que mi abuelo, viejo zorro él, al tener contacto con una millonaria viuda que sufría penosamente por la muerte de su esposo, la convenció de los poderes que tenía para comunicarse con seres del más allá, le ofreció sus servicios y la señora entre encantada y asustada aceptó; la cita la programaron en una obscura y alta montaña, donde su compinche, un joven de apellido López, había hecho preparativos previos para la función. Muchas sábanas y velas dentro de calabazos dieron atmósfera al alucinante ritual que, ofrecido por mi antepasado, dejó satisfecha a la inocente anciana, la cual nunca se percató que esa voz de su amado que abogaba para que le dejara los bienes al noble médium, no era más que la expresión de un chiquillo influenciable que bajo un manto ocultaba su rostro.

Pese a sus arriesgadas acciones por conseguir dinero fácil, el cataclismo no frenó su impacto y en un abrir y cerrar de ojos la única finca que le quedó a don Julio, fue aquella donde vivían su mujer y sus hijos. Ante tal situación de profunda gravedad, el habilidoso pariente se las arregló para conseguir una máquina falsificadora de dinero que lo sacara del pozo donde se había enterrado, sin embargo, la abuela que no era amiga de ilegalidad, en un acto de gallardía y descuido de su esposo, enterró el sofisticado artilugio en un lugar que sólo ella conoció y terminó con las ilusiones ambiciosas del abuelo. Esta circunstancia desquebrajó más la relación y el día que le traspasaron a la señora de Parra, en una jugada maestra, la finca donde vio crecer a sus hijos, decidió alejarse de su tahúr esposo, y refugiarse con su familia en tierras extrañas.

En la noche fría de un viernes trece de noviembre de 1946, se escuchó en la finca Guayabo Negro, aullar doloridamente a Libán. Este acto fue una señal de duelo hacía un hombre que se desenvolvió hábilmente en las labores de la arriería y que fervientemente rindió culto a peligrosos placeres que tal vez dejaron enseñanzas a una familia que, de una u otra manera no maldice su historia.

José Daniel Ciro
Artículo escrito por:
Docente Liceo San Luis
Sección: Social