EL SEPULTURERO
Ese hombre callado y tímido, con carácter para lidiar con los vivos y sensibilidad para tratar a los muertos, se llama Rubén Vásquez
Ese hombre callado y tímido, con carácter para lidiar con los vivos y sensibilidad para tratar a los muertos, se llama Rubén Vásquez, quien aspira jubilarse y vivir su eternidad, en el lugar donde se amaña bastante por la tranquilidad que le da. Dice que respeta y valora a los muertos indefensos y que el cementerio es realmente campo de paz.
Recuerda con cierto humor que un primero de septiembre le entregaron las llaves sin mucha explicación, y que se defendiera como pudiera; que lo inauguraron con una exhumación y una inhumación; esta última tuvo que ver con una joven muchacha identificada apenas con dos letras: NN, y que rápido entendió en lo que se había metido. Pues en la noche ¡cómo olvidarlo!, tuvo pesadillas con la joven: “soñé que se me había volado del cementerio, que me la había alcanzado por la entrada de Majuña y le pregunté por qué se me había volado del cementerio, y me dijo que no quería estar allá… al otro día madrugué y me asomé y ahí estaba quietecita como la había dejado”.
Dentro de los muchos roles—porque hasta necropsias le tocó hacer al comienzo—y más anécdotas, comparte con poca mística y buena memoria, otra experiencia que llamó incidente, sobre “una mujer vestida de blanco y velo en el rostro, venía por la capilla como a encontrarse conmigo, vi todo tan normal porque era una persona, una mujer; de repente cogió hacia la izquierda, tomando la parte de atrás, hacia las tumbas específicamente; le di tres vueltas al lugar para ver qué pasaba o qué necesitaba, pero nada, no la encontré. No sentí miedo sino curiosidad, y seguí con mi trabajo”.Cuenta también que la entrada al cementerio es más restringida en comparación con épocas pasadas que era abierto de par en par, pero fue la presencia de “muchachos viciosos, como una gallada de quince, tenían el vicio de irse al que más humo tirara, metían en los floreros de las tumbas la marihuana, hasta en el techo de la capilla guardaban droga, y hubo que tomar medidas… hoy el cementerio está muy bonito gracias al patrón”, se refiere al párroco Edison que le motiva a cuidarlo mucho y por lo cual se siente orgulloso de mostrar un lugar “donde los muertos permanezcan tranquilos, y los visitantes se sientan cómodos y se lleven buena impresión”.
Ha habido momentos donde, por cuenta de los dolores de la gente —pero que en últimas comprende— ha sufrido molestias significativas. “En un entierro de dos de la tarde, era una señora, estaba yo en la escalera colocando el último adobe, cuando llegó un man y me tumbó a mí primero, y después los adobes; me tuve que calmar, uno se siente impotente, hay gente que abusa… unos lloran por sentimiento y otros por remordimiento. El man que era hijo de la señora; a la semana siguiente fue a pedirme disculpas y me dijo: yo fui mal hijo y seguro por eso reaccioné así en el entierro, qué pena hermano”.Caso similar le ocurrió en pandemia donde “una señora me agarró a pata, otro señor me iba a hacer daño y yo en silencio cogí la moto y me fui para la calle a respirar, allá los dejé encerrados; salí porque no aguantaba, y al rato volví”.
Así pues, entre lo que se pudo extractar de la entrevista, el querido sepulturero de San Luis, quien desempeña una labor humana y heroica, pocas veces reconocida, compartió otras anécdotas interesantes: primera: “en algunas exhumaciones ha habido gente que se quiere llevar disque un huesito para su casa y yo no permito porque eso es como no dejar descansar el alma; digo yo”. Segunda: “hay gente que va y reza normal, pero me parece muy novedoso cuando veo jóvenes que van a rezar. Las mujeres rezan más que los hombres, ellos casi no se ven por aquí; son más contaditos”. Tercera: “alguien me hizo la propuesta, con plata en mano, de destapar la tumba de una mujer para quemarla, le pregunté que eso por qué, y dijo que tenía un maleficio que esa mujer le había hecho y que la solución erar quemarla. Yo le dije que respetara y se fue, que conmigo no fue; profanar una tumba, no”. Cuarta: un señor me hizo la propuesta de ser animero, y a eso sí no me le apunto, uno no puede ni mirar pa´atrás. Las animas disque son horrorosas, me dijo él mismo”. Con rezarle a los muertos, basta porque “si alguna protección hay, son las ánimas, yo les rezo con fe y me siento tranquilo”.
Contó que “Un día un señor entró al cementerio, rezó en la capilla, y me dijo que me veía con seis personas, que me veía muy acompañado; yo me asusté un poco porque realmente estaba solo, no veía a nadie; comprendí que eran almas que estaban ahí conmigo, supervisando mi trabajo sería”, y se rio.
En fin, pudiera haber quintas, y sextas y séptimas historias por parte de Rubén, quien conserva un cuaderno bastante ajado y carcomido por los dieciocho años que lleva con él, donde lista nombres de muertos, de necropsias, de al menos 40 NN y otros datos de importancia. Cualquier día, que parecía no tenía mucho qué hacer, exhumó una momia y la puso de pie, se tomó una foto con la intención de comparar “¡cómo queda uno al final de la vida!, uno es nada”, concluyó.
Dice que en su tiempo de trabajo no sabe cuántos muertos ha enterrado ni con cuántos cuerpos momificados se ha encontrado, lo cierto es que ha tenido que sepultar a familiares y amigos, y que pocas veces ha llorado. No le tiene miedo a la muerte y aconseja a las personas que quieran reflexionar y aprender de la vida, irse una tarde para el cementerio y meditar. También sugiere que cuando una persona muere deberían sepultarla el mismo día porque a un velorio lo que se hace es ir de novelería más que a orar.