La experiencia de un médico rural en el municipio de San Luis entre 1982 y 1985

Cuando llegué al pueblo en agosto del 1982 hacía dos meses y medio que no había médico en el hospital. Tampoco había otro médico en el pueblo. La reciente autopista estuvo los primeros años siempre en riesgo, con derrumbes constantes y frecuentes, lo que dejaba al pueblo incomunicado, o resignado a tener que dar la vuelta por Granada, lo que implicaba un par de horas más y el padecer por carretera en malas condiciones. Era el único médico, lo que implicaba que en días en los que debía viajar a Medellín o Rionegro, el pueblo se quedara sin servicios médicos.

La experiencia de un médico rural en el municipio de San Luis entre 1982 y 1985

Cuando llegué al pueblo en agosto del 1982 hacía dos meses y medio que no había médico en el hospital. Tampoco había otro médico en el pueblo. Era una comunidad bastante conservadora, que apenas empezaba a recibir una mejor calidad y cobertura en educación y vías. El pueblo se abría al país, con el paso de la “autopista Medellín- Bogotá”, la cual quedaba a 30 minutos en carro de la cabecera, por una carretera estrecha y destapada, pero recortaba el trayecto a Rionegro y Medellín en por lo menos 3 horas.

La reciente autopista estuvo los primeros años siempre en riesgo, con derrumbes constantes y frecuentes, lo que dejaba al pueblo incomunicado, o resignado a tener que dar la vuelta por Granada, lo que implicaba un par de horas más y el padecer por carretera en malas condiciones. Fue frecuente que el pueblo se incomunicara por derrumbes en ambas vías que conectaban con Rionegro, el centro de referencia social como en nivel de atención hospitalario.

Para garantizar el proyecto de autopista y de cementeras, se instaló un batallón que se situó en la entrada al pueblo. Cuando llegué como médico rural se habían establecido relaciones entre soldados y muchas personas del pueblo, parejas, rutinas, etc., el Batallón era parte fundamental de la cotidianidad del pueblo. Era una comunidad frágil ante la presencia de grupos armados, que amparados por la lejanía del mundo citadino, podía garantizar su movilidad. Los grupos guerrilleros se movían por el territorio, y encontraron en la presencia de Pablo Escobar y otros poderes del Magdalena Medio, junto con el ejército, sus enemigos.

Las comunidades veredales apenas se acostumbraban a tener el pueblo cerca, a menos de dos o tres horas, porque lo que era constante eran jornadas de hasta días para llegar a ciertos corregimientos y veredas. Esto condicionaba la atención de cualquier evento de salud. Picados de culebra, fracturas, problemas de embarazo, etc., se convertían en patologías urgentes ante la imposibilidad de atención inmediata. El día que llegué al hospital a conocerlo, llegó una materna con una retención de placenta que llevaba 3 días, a la cual habían traído desde Aquitania en una hamaca. La paciente llegó en pésimas condiciones y la pudimos remitir en un carro de la comunidad a Rionegro. No había ambulancia. Solo se consiguió un campero a mediados de mi estadía como médico rural.

La comunidad era en su mayoría rural, y no estaban acostumbrados al seguimiento de programas de asistencia en salud, como el control prenatal, crecimiento y desarrollo, las vacunaciones, el saneamiento ambiental, la prevención en parasitosis, el embarazo en adolescentes, programas para hipertensos y diabéticos. Aprovechamos con el Sacerdote, el promotor agrario, para organizar jornadas de trabajo conjuntas y recorrer en el año, cada una de las 45 veredas de entonces, llevando la extensión de estos programas.

El agua del pueblo no era segura, más en calidad y mucho menos en su constancia. El acueducto del pueblo no se había construido. Había mucha resistencia al sistema de contadores. La campaña por la construcción del acueducto fue liderada por el hospital.

El hospital era humilde, se defendía con lo que tenía, una casa vieja (antiguo ancianato), con deficiencias estructurales severas como lo que llamábamos sala de partos, salón de urgencias, pediatría, y una o dos camas de hospitalización de adultos, un consultorio médico y uno odontológico, una farmacia y una oficina de saneamiento ambiental. La construcción era de tapia y tenía un patio central y acceso a un solar que permitía que estuviera lleno de bichos e insectos permanentemente. Se nos iba el agua diario, hubo que obtener recursos para un tanque. Con la gestión del Secretario de Salud de la época, se gestionaron los recursos para garantizar el inicio de la construcción del nuevo hospital.

Fueron muchas las necropsias que se hicieron en ese año. La fuente de ellas fueron dos: en primer lugar la nueva carretera permitía que en sus parajes solitarios fueran arrojados los cadáveres de todos los ajusticiamientos que se llevaban a cabo en la guerra de mafias que se fraguaba. Y la segunda, fueron los ahogados que desafortunadamente se confiaron de la belleza de las aguas de Rioclaro, cuando apenas se exploraba la zona. Hacíamos las necropsias en el piso de la cárcel del pueblo, algunas veces con la ayuda de los presos.

Era el único médico, lo que implicaba que en días en los que debía viajar a Medellín o Rionegro, el pueblo se quedara sin servicios médicos. Fue excesivo el trabajo, la demanda de atención empezó a despertarse y no paró en adelante. El impulso en acceso a servicios de salud para la comunidad permitió que se instaurara la base del trabajo médico en el futuro.

Fueron tantos los aprendizajes y la acogida que me gané en la comunidad, que quise prolongar mi experiencia en el pueblo, siendo un médico particular, por dos años más. La humidad y sencillez de las gentes, su unidad familiar, el fervor religioso, y la tolerancia a condiciones de vida, simples, insertas en una zona de exuberante belleza natural, por sus abundantes ríos, paisajes, montañas, pisos térmicos variados, hacían de esta experiencia una aventura humana y de interacción con el medio ambiente.

Mi gratitud eterna a San Luis y sus gentes.

José Fernando Velásquez

El Arriero Periodico
Artículo escrito por:
Periodico Comunitario
Sección: Regional

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